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Tema: "La cola del perro", por Marco Denevi (Leído 1757 veces)
LoneWolf
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Tema iniciado: 17-Oct-2016, 10:02




La cola del perro

Por Marco Denevi


Un día el hombre llamó al perro.

—Perro —le dijo, y frunció las cejas— te prohíbo que muevas la cola.

El perro se quedó mudo de estupor.

—Pero amo —articuló, al fin, sospechando que todo fuese una broma—, ¿por qué no quieres que mueva la cola?

—Porque he decidido eliminar de mi casa todo lo que sea gratuito.

—¿Y qué es gratuito?

—Sinónimo de inútil. Hace un momento maté al pavo real pues, fuera de distraerme de mis ocupaciones con su gran cola petulante, no servía para nada, ni para comerlo al horno. Al gato le ordené que cace por lo menos dos ratones diarios, porque no he de tolerarle que se pase el día durmiendo y la noche de juerga. En cuanto al caballo, basta de trotes, galopes, saltos y ambladuras. Uncido al arado, me ayudará a roturar la tierra. Tampoco a los pájaros les permitiré que vivan en mi casa si no es a condición de que libren de insectos el jardín. Doble ventaja: limpian el jardín y no aturden con sus parloteos. Si no están conformes, que vuelen a otras partes. Se los dije con la escopeta en la mano. Finalmente tú. No eres un animal gratuito, lo reconozco, pues tú cuidas la casa. Pero hay en ti, lo mismo que en el gato y en el caballo, ciertos elementos gratuitos que es preciso extirpar. Por ejemplo estas frivolidades de tu cola. No me gustan nada. Las prohíbo.

—Amo, toda mi vida tuve una cola y toda mi vida la he movido, y me parecía que no te disgustaba, cuando me llamabas y yo corría hacia ti, verme menear el rabo. Y ahora, de pronto...

No pudo continuar porque se le hizo un nudo en la garganta.

—Oigan un poco a este imbécil —dijo el hombre rudamente—. Respóndeme: ¿cuándo mueves la cola?

“Pobre amo”, pensó el perro, “no está en su sano juicio”, y contestó:

—Cuando me siento alegre, es natural.

—Sí. Pero hay alegrías y alegrías. Te repito: ¿cuándo, concretamente, la mueves? Dame algunos ejemplos.

—Cuando juego, cuando me acaricias, cuando me reúno con mis amigos.

—Basta. ¿Lo ves? Has confesado.

—¿He confesado qué?

—Que mueves la cola cuando te entregas al ocio y al juego. Porque no la mueves cuando gruñes a algún desconocido que intenta introducirse en mi casa, ni cuando roes un hueso y otro perro quiere quitártelo. En resumen, la mueves como cuando yo, antaño, me reía. Pero te notifico que se terminó la risa. La risa vuelve estúpidos a los hombres lo mismo que a los perros. Es lo más gratuito que existe. Basta de risas. Basta de menear el rabo. No voy a consentir que te pasees entre el gato, el caballo y los pájaros y les des el mal ejemplo de tu risa, silenciosa pero visible. Debes asumir tus propios compromisos. No te escaparás.

—¿Escaparme yo, amo? Jamás. Estoy muy a gusto aquí.

—Idiota, me refiero a tus deberes de perro. Si te dejase, terminarías por menearle la cola al ladrón que de noche entra a robarme. Sintetizando: a partir de hoy, prohibición absoluta de mover la cola, en público o en privado.

Mientras fingía que se miraba las uñas, el perro murmuró:

—Imposible. Totalmente imposible. Apenas te vea, apenas me silbes, no podré impedirlo, la cola se moverá. Es más fuerte que yo.

—¡Perro! —gritó el hombre, encolerizado —¡No me contradigas!

Entonces el perro, comprendiendo que no se trataba de una broma se sintió invadido por la desesperación.

—No depende de mi, amo, te lo juro —balbuceó—. Es un estremecimiento que se desliza por la espina dorsal, de la cabeza a la cola. Cuando llega a la cola, la cola, sin que yo intervenga para nada, se mueve.

—¿Sabes una cosa, perro? —dijo el hombre, y un fulgor malvado le azuló los ojos— Me va pareciendo que todo tu eres un animal gratuito como el pavo real.

Los ijares del perro palpitaron.

—Por Dios, amo, ¿en qué estás pensando?

—En nada, en nada. En que si no quieres ir hacerle compañía al pavo real, te convendrá obedecerme.

—Está bien, obedeceré —dijo el perro, y en un hilo de voz añadió —Pero no me va a resultar nada fácil.

—Fácil o difícil, poco importa.

—Sobre todo en los primeros tiempos.

—Cuestión de voluntad.

—Vas a tener que perdonarme algunas excepciones.

—Ninguna excepción. Te vigilaré. Y ahora vete.

Una vez solo, el hombre reflexionaba: “Es curioso. Los más inteligentes son los más inclinados a la gratuidad. El caballo corcoveó al uncirlo al arado como si lo llevase al matadero. El gato no ha dicho nada, pero es un hipócrita. Sospecho que mientras aparenta acechar a los ratones, duerme con los ojos abiertos. El perro, por no renunciar a su lujo de mover la cola, véanlo, se defiende haciéndose el sentimental. En cambio el cerdo, que no incluye una sola partícula inútil, es el mas estúpido de todos, hay que admitirlo. Si, es curioso”.

Entretanto el perro se alejaba, arrasado, arrastrando los pies, los párpados caídos y la cola entre las piernas. Cuando llegó a su casilla se desplomó como si alguien, brutalmente, le hubiera segado las cuatro patas. Apoyó el mentón en una mano, miró el vacío y se puso, él también, a meditar, sólo que amargamente.

“No tiene derecho —pensaba—. Es un abuso. Y esto después de tantos años de llevarnos a las mil maravillas. ¿A qué viene ahora con sus prohibiciones y sus ideas raras? ¿Habrá enloquecido? Porque si cree que me convenció con ese discurso sobre la gratuidad, está equivocado. Me gustaría que me explicase, concretamente, como él dice, de hombre a perro, por qué no me deja mover la cola. ¿En qué lo perjudica? Que le haya ajustado las cuentas al gato me parece razonable. ¡Pero hacerme esto a mí! ¡Y cuando pienso que mató al pavo real! Al pavo real que no molestaba a nadie, al contrario, que no hablaba con nadie, que lo único que hacía era abrir de tanto en tanto su abanico. Pero no por vanidad, como todo el mundo cree. Un día me lo confió. El único animal con quien conversaba era yo y eso muy raramente. Era una criatura en extremo tímida. Pues bien: una vez me confesó que abría la cola cuando temía ser atacado. Entonces desplegaba todo ese batifondo de plumas para fascinar al enemigo y, paralizándolo de admiración, evitar que le hiciese daño. Pobre, con el amo no le sirvió de mucho el recurso de la belleza. Lejos de hipnotizarlo, lo ha fastidiado hasta el punto de arrastrarlo al crimen. Y conmigo hará otro tanto si no me someto. Lo peor de todo es que no le guardo rencor. Lo quiero como antes. Eso complica las cosas. Porque no mover la cola cuando me encuentro con algún amigo, sí, tal vez lo logre. Al fin y al cabo, si lo pienso bien, los demás animales me resultan indiferentes. Pero cuando él me pase su gran mano cálida por el lomo. Dios mío, ¿qué hacer, qué hacer para que mi cola se mantenga quieta?”.

Estaba tan ensimismado, estaba tan triste, que no se sentía con ánimo ni para espantarse una mosca de la oreja.

Al medio día la mujer del hombre le trajo un plato de sopa. Al verla acercarse con aquella escudilla humeante y perfumada el perro se olvidó de todo, se olvidó de la orden del amo, se ovidó de la cola, y la cola se movió.

Instantáneamente se oyó un vozarrón terrible:

—¡Perro! ¡La cola!

Y allá a lo lejos se vió el rostro del hombre que fruncía siniestramente las cejas y torcía los labios.

El perro apretó las mandíbulas, cerró los ojos, encogió todos los músculos y consiguió que la cola se mantuviera rígida. Pero sin duda a causa del esfuerzo, se le saltaron las lágrimas. Cuando probó la sopa le encontró gusto a vinagre.

“¿Cómo se puede comer en estas condiciones?”, pensó con amarga congoja. Y se echó a dormir sin probar más bocado.

A partir de ese día la vida del perro no fue nada agradable. Se pasaba las horas disputando mentalmente con el hombre. Todo lo irritaba, todo le caía mal. Andaba siempre de mal talante. Si roía un hueso, lo hacía con tal furor que se hubiera dicho que en lugar de saborearlo, lo despedazaba. Si el gato se acercaba a conversar con él, le gritaba:

—¡Déjame en paz!.

Y le volvía la espalda.

—¡Qué carácter tiene ese perro! —se escandalizaba el gato, quien terminó por no dirigirle más la palabra.

Cuando el hombre o la mujer le traían la comida, el perro se quedaba tendido en el suelo y miraba para otro lado o pretextaba dormir.

“Puesto que me está prohibido ser cortés...”, se decía.

Comía cuando nadie lo observaba, masticaba con la cabeza llena de reproches, se atragantaba, no le sacaba ningún provecho a la comida, tenía digestiones laboriosas.

Una tarde le gritó a la mujer:

—¿Otra vez sopa? Estoy harto hasta la coronilla de sopa. Me gustaría un trozo de carne.

Después oyó que la mujer le decía al hombre:

—Me parece que el perro se está poniendo un poco insolente.

Y que el hombre contestaba:

—Déjalo. Es preferible que sea insolente pero bravo, y no un perro cobarde.

“Perfectamente, perfectamente”, masculló el perro para sí, haciendo un ademán de cólera. “Yo quisiera conversar con el gato y agradecerles a esos dos la comida que me sirven. Pero si eso es ser cobarde, está bien, no seré cobarde”.

—Una noche, un vagabundo se introdujo dentro de la granja a robar unos duraznos. ¿Para qué lo hizo?. El perro se arrojó sobre el ladrón y le clavó los dientes. Si el amo no acude a tiempo, lo habría matado.

Después el hombre felicitó al perro.

—¡Bravo, perro, bravo! —le dijo.

Y para probar si todavía tenía aquellas veleidades de mover la cola le acarició el lomo.

El perro cerró los ojos, la piel se le erizó, gruñó sordamente, lúgubremente, como si soñase, y la cola se mantuvo inmóvil.

El hombre, satisfecho, lo premió con un trozo de carne asada.

—La próxima vez que sea cruda —dijo el perro.

Otro día el perro fue al jardín. Los pájaros, que siempre habían estado enjaulados, incapaces de remontar vuelo, picoteaban a toda prisa como si el jardín estuviese plagado de bichos. En realidad ya no había más insectos, pero los pájaros simulaban lo contrario para que el hombre no los matase. El perro los contempló con ira y desdén. Y de pronto abrió una tremenda bocaza, repartió a diestra y siniestra, ciegamente, salvajes dentelladas, y el ruiseñor cayó envuelto en sangre. Decapitado, hay que decirlo. Los otros pájaros chillaron tanto que el hombre los oyó desde el otro extremo de la finca y vino a ver qué ocurría. Enseguida lo adivinó todo. No dijo una palabra. Tomó un palo y silenciosamente, minuciosamente, le propinó al perro una feroz paliza.

El perro se alejó, él también mudo. No experimentaba ningún dolor. No sentía nada. Lo único que sentía el sabor de la sangre del ruiseñor en la boca. No podía pensar. Tenía la cabeza como envuelta en un humo espeso. Veía todo rojo, todo turbio. Las pupilas le refulgían. Y una lengua de dos metros de largo le colgaba de entre los dientes.

Lo asaltaban extrañas alucinaciones. Se imaginaba estar en un bosque profundo y helado por el que trotaba en compañía de otros perros, altos, flacos, de roído perfil y una cola larga y plumosa como un penacho.

“¿Estaré volviéndome loco?”, pensó.

Una mañana, el hombre descubrió el cadáver de una oveja horriblemente mutilada. Otra mañana contó los corderos y faltaba uno.

—Decididamente —le dijo a su mujer— algún lobo ronda la granja.

—¿Y qué hace el perro que no ha ladrado? —preguntó la mujer con una sonrisa irónica, porque desde que el perro se había vuelto bravo no le tenía ninguna simpatía.

—Tampoco la vaca ha mugido —contestó el hombre, enigmáticamente, y no agregó más.

Pero aquella noche fue a ocultarse entre unos matorrales y con la escopeta lista, esperó.

No debió esperar mucho tiempo. Cuando la luna alcanzaba la cumbre del cielo, una sombra sigilosa se deslizó en dirección del establo. Era la silueta inconfundible del lobo.

El hombre apuntó su arma, disparó y la sombra cayó al suelo. El hombre se acercó a la carrera, pero cuando llegó junto al caído se detuvo tan bruscamente que la escopeta se le cayó de las manos.

—¡Tú! —exclamó en voz muy baja. Y parecía que no pudiese creer lo que estaba viendo. El perro entreabrió los ojos, miró al hombre, movió dulcemente la cola, y después murió.



Marco Denevi (1922–1998) fue un escritor, novelista y dramaturgo argentino. Alcanzó reconocimiento internacional con obras como Rosaura a las diez (1955) y Ceremonia secreta (1960), relatos a la vez realistas y metafísicos. Nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, desde pequeño sintió una fuerte vocación por la música; hijo de un inmigrante que supo transmitirle la voluntad de trabajo, su padre también lo inició en las obras de Robert Louis Stevenson, A. Dumas y Benito Pérez Galdós. Se graduó como abogado y trabajó en el área legal de un organismo público.

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