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Tema: "Janóvice", por Marco Denevi (Leído 428 veces)
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Tema iniciado: 12-Oct-2016, 02:24




Janóvice

Por Marco Denevi


Después de cuarenta años de servicios, el señor Bolislaw Janóvice se jubiló en el cargo de oficinista de los Grandes Depósitos del Estado. Era un hombre enérgico, laborioso y en extremo eficaz. Sus compañeros le ofrecieron un banquete al que asistió el jefe de la oficina, el señor Kyrt (señal del alto aprecio que sentía por el señor Janóvice). Al término del banquete todos los presentes abrazaron al señor Janóvice. El señor Janóvice lloró y dijo que jamás los olvidaría. La señorita Vseruby, con lágrimas en los ojos, le juró que tampoco ellos lo olvidarían. El señor Kyrt, en nombre de todos, le regaló una medalla y el señor Janóvice volvió a llorar. Después el señor Kyrt observó que era muy tarde y se fue a dormir. Pero los compañeros del señor Janóvice lo arrastraron a una taberna y allí el señor Janóvice se puso alegre y, por tercera vez en esa misma noche, lloró. Todos los demás, igualmente alegres, lloraron con él y la señorita Kaplick lo besó.

Al día siguiente el señor Janóvice, ante la estupefacción general, apareció en la oficina. Dijo que la fuerza de la costumbre lo había hecho levantarse temprano y dirigirse a los Grandes Depósitos.

—Cuarenta años no son un día —explicó.

Además sentía la nostalgia de su oficina, el deseo de seguir viendo a sus queridos camaradas, el temor de que en su ausencia se presentasen problemas que quizá sólo él podría resolver.

—Sigo estando a sus órdenes, señor Kyrt —dijo.

Los demás oficinistas pusieron cara de fastidio, lo saludaron fríamente y en todo el resto del día no le dirigieron la palabra. Pero el señor Janóvice no se dio por enterado y como si todavía fuese oficinista iba y venía por la oficina, impartía instrucciones y consejos y hasta se atrevió a corregirle un error a la señorita Kaplick.

—¿Qué se creerá ese? —murmuró a sus espaldas la señorita Kaplick.

En cuanto al señor Kyrt, se encerró en su despacho.

—No quiero ver al señor Janóvice —le dijo a su secretaria—. No quiero verlo más.

El señor Janóvice había sido el mejor empleado de la oficina. Todos lo reconocían. Pero no estaba bien que, después de haberse jubilado, siguiera concurriendo a los Grandes Depósitos y se entrometiera en la labor de los oficinistas.

—Señor Janóvice —le aconsejó uno de sus antiguos compañeros al finalizar el día—. No vuelva por aquí. No es conveniente para su salud.

—Al contrario —contestó el señor Janóvice—. Es un placer. ¿Qué haría en mi casa? El tedio y el ocio me matarían. Por otra parte, después de cuarenta años éste es mi verdadero hogar, ustedes son mi única familia. Los echaría de menos. Me moriría de tristeza. Volveré mañana.

Al otro día volvió, pero sus compañeros ni siquiera lo saludaron. Hicieron como que no lo veían. El señor Janóvice, de golpe, se dio cuenta y sintió que se ruborizaba de mortificación. Pero estaba dispuesto a todo con tal de que le permitieran permanecer en la oficina, de manera que renunció a impartir instrucciones a los oficinistas y en cambio se dedicó a servirles té, a convidarlos con cigarrillos ingleses y, hacia el fin de la jornada, a recoger los papeles y barrer el piso.

—¡Vergüenza debiera darle! —gritó la señorita Vseruby, quien en otro tiempo le había demostrado simpatía y hasta se había llegado a creer que eran novios.

El señor Janóvice, mortalmente pálido, imploró:

—Por Dios, señorita Vseruby, no se enfade. Cuarenta años no son un día.

Pero la señorita Vseruby continuó vociferando:

—¡Vergüenza! ¡Vergüenza!

Cuando el señor Janóvice era la mano derecha del señor Kyrt, nadie le levantaba la voz (salvo el señor Kyrt), porque sabía más que cualquier otro (incluso más que el señor Kyrt) y porque tenía un carácter enérgico que no toleraba insolencias. Pero ahora la señorita Vseruby, siempre tan tímida, le gritaba y el señor Janóvice debió aguantarle los gritos.

Volvió al día siguiente, se ubicó en un rincón y desde allí, sin moverse, sin mover más que los ojos, sin pronunciar una palabra, observaba a sus compañeros. De vez en cuando suspiraba. A ratos lloriqueaba. Y si algún oficinista pasaba junto a él, el señor Janóvice le ofrecía silenciosamente un cigarrillo, que el oficinista tomaba mirando para otro lado y sin darle las gracias. El joven Trineck contó que a él le ofreció dinero, pero que él no había aceptado.

Cada tanto la señorita Vseruby decía en voz alta:

—¿Cómo se permite la presencia de intrusos?

O decía:

—Una oficina no es un paseo público.

Y la señorita Kaplick agregaba:

—Ni un asilo de inválidos.

Estas frases eran acompañadas por las risitas irónicas o los murmullos de indignación de los hombres. El señor Janóvice palidecía, se sonrojaba, suspiraba, lagrimeaba, pero no abandonaba su sitio. Hasta que el señor Kyrt abrió violentamente la puerta de su despacho, irrumpió en la oficina y le gritó al señor Janóvice:

—¡Le concedo un plazo de tres minutos para que salga de aquí!

El señor Janóvice, con una expresión de terrible congoja impresa en el rostro, les tendió la mano a sus queridos camaradas (pero ellos, inclinados sobre sus escritorios, lo dejaron con la mano tendida) y salió.

No obstante, según se supo luego, no abandonó el edificio de los Grandes Depósitos. Anduvo todo el día recorriendo los pasillos y entrando en distintas oficinas. Cuando alguien lo confundía con una persona del público y le preguntaba:

—¿Qué desea?

Él respondía a toda prisa:

—Busco la oficina X.

—Ésta no es la oficina X —le decían—. La oficina X está en tal y tal piso.

Entonces él simulaba dirigirse hacia la oficina X, aunque en realidad la había nombrado sólo para salir del paso.

Esto se repitió durante varios meses. Hasta que todos, en los Grandes Depósitos, supieron que el señor Janóvice, ese hombre pálido y melancólico que deambulaba por los corredores y fingía buscar una oficina, era un antiguo oficinista del señor Kyrt que se había jubilado y que sin embargo se negaba a disfrutar de su jubilación. La conducta del señor Janóvice fue severamente juzgada. Se lo consideró un loco, un elemento subversivo, un motivo de escándalo, en fin, una persona cuya compañía resultaba peligrosa.

En los primeros tiempos todos se limitaron a rehuir su proximidad, como si el señor Janóvice padeciera algún mal contagioso. Pero en vista de que el señor Janóvice, a pesar de los ostensibles desaires con que se lo trataba, seguía concurriendo diariamente a los Grandes Depósitos, se recurrió a otros medios más drásticos. Apenas lo veían aparecer todos se escondían detrás de las mesas, clausuraban las puertas, se encerraban en los cuartos de baño. El señor Janóvice vagaba como un fantasma por corredores de pronto vacíos, golpeaba débilmente con los nudillos en las puertas cerradas con llave, subía y bajaba escaleras extrañamente desiertas. Pero con inaudita terquedad volvía al día siguiente y había que repetir todas aquellas maniobras; nadie trabajaba, jefes, oficinistas y público fueron presas primero de la cólera y después del pánico.

Hasta que se optó por llamar a la policía. Un ejército de gendarmes invadió los Grandes Depósitos y comenzó la caza del señor Janóvice en medio del regocijo general. Pero el señor Janóvice no fue hallado y los gendarmes, deslomados, interrumpieron la persecución y se fueron. Todos pensaron que el señor Janóvice había por fin escarmentado y no volvería más, y respiraron.

Desgraciadamente, esas esperanzas se vieron pronto defraudadas. El señor Janóvice, a fuerza de recorrer el edificio, conocía todos sus recovecos y había logrado eludir a sus perseguidores. Pero pronto hubo pruebas de que seguía allí y, lo que es peor, de que ahora vivía en los Grandes Depósitos, quizás en los subterráneos, quizás en las mansardas. Durante el día se mantenía oculto, durmiendo o tal vez espiando, desde rincones que sólo él dominaba, el ir y venir de los oficinistas y de las personas del público. Por la noche salía sigilosamente de su escondite, atravesaba las galerías y los salones a oscuras, se dirigía hacia la oficina del señor Kyrt, encendía una luz y se ponía a trabajar. Esto era lo que adivinaban sus antiguos compañeros, pues todas las mañanas notaban que una mano misteriosa había modificado sus informes y corregido sus cuentas, y esa mano no podía ser otra que la del señor Janóvice. Además los restos de merienda que dejaban los oficinistas habían desaparecido. Los serenos juraban no haber visto jamás al señor Janóvice, pero seguramente mentían para no descubrir que en vez de vigilar el edificio se pasaban la noche jugando a los naipes. Salvo que el señor Janóvice se hubiese vuelto invisible, hipótesis que no todos descartaban.

El proceder del señor Janóvice no hubiera sido censurable si no fuese porque sus intervenciones comprometían el buen trámite de los expedientes y alteraban los sistemas de trabajo. Porque el señor Janóvice se había jubilado hacía ya mucho tiempo y no estaba al tanto de las novedades. Seguía adherido a viejas rutinas, ignoraba el manejo de las computadoras, usaba un lenguaje arcaico. Todas las mañanas había que rehacerlo todo. El señor Kyrt chillaba:

—¿No hay forma de librarnos de él?

Los oficinistas más jóvenes, agazapados en la oscuridad, esperaron una noche al señor Janóvice. Pero el señor Janóvice, esa noche, no se hizo ver. Lo esperaron varias noches seguidas. Pero el señor Janóvice, enterado no se sabe cómo de la trampa que le habían tendido, no apareció. Apenas los jóvenes abandonaron su vigilancia, el señor Janóvice reanudó sus perjudiciales excursiones nocturnas.

—No tardará en morir —había dicho una vez el señor Kyrt—. Porque, si no me equivoco, debe de tener alrededor de ochenta años.

El nuevo jefe de la oficina recordó estas palabras en la noche del velatorio del señor Kyrt. También las recordó la señorita Vseruby el día en que se jubiló. Y la repitió con ligeras variantes (noventa años en lugar de ochenta ) el señor Trineck cuando lo designaron jefe de la oficina en reemplazo del sucesor del señor Kyrt.

Pero el señor Janóvice no se muere. Los nuevos oficinistas, que no lo conocieron, piensan que el señor Janóvice jamás existió. Y atribuyen las misteriosas alteraciones introducidas durante la noche en el trámite de los expedientes a un fenómeno al que designan con el nombre del señor Janóvice. Es inútil que la señorita Kaplick, con su cascada voz de anciana, quiera contarles la historia del señor Janóvice. Los nuevos oficinistas se burlan de la pobre señorita Kaplick.

—¿El señor Janóvice? —dicen, riéndose con todo desparpajo—. ¿El señor Janóvice? ¿Qué lenguaje es ése?

Sí, porque ellos prefieren llamarlo simplemente janóvice.



Marco Denevi (1922–1998) fue un escritor, novelista y dramaturgo argentino. Alcanzó reconocimiento internacional con obras como Rosaura a las diez (1955) y Ceremonia secreta (1960), relatos a la vez realistas y metafísicos. Nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, desde pequeño sintió una fuerte vocación por la música; hijo de un inmigrante que supo transmitirle la voluntad de trabajo, su padre también lo inició en las obras de Robert Louis Stevenson, A. Dumas y Benito Pérez Galdós. Se graduó como abogado y trabajó en el área legal de un organismo público.

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« Última modificación: 12-Jul-2017, 22:37 por LoneWolf » En línea

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